Cuento 2. La lagartija

Tener miedo a cualquier bicho era cosa de las niñas. Ser insensible y cruel era propio de los niños y además disfrutaban utilizando a esos bichos para asustar a las niñas y hacerles gritar.

Fue el caso que una lagartija tomaba el sol enganchada a una piedra que formaba parte de un muro, uno de aquellos que se construyen piedra a piedra haciéndolas encajar una sobre otra como las piezas de un rompecabezas.

¡Qué ignorante de lo que se le venía encima! La pobre fue divisada por Ramón; tenía una habilidad innata para atrapar y torturar. La capturó con un movimiento rápido de su mano derecha atrapándola por la cabeza y la encerró en su fiambrera tras sacar el bocadillo. Pasó el recreo comiéndolo e imaginando las tropelías que iba a cometer con ella.

Fue de los primeros en regresar al aula, levantó la tapa del pupitre de una de las chicas, «la tonta de Marta» la llamaba, y depositó en el cajón la lagartija.

Cuando el maestro dijo que sacaran los cuadernos de caligrafía se oyó un grito. Marta miraba al interior con las manos pegadas al pecho y los ojos llenos de espanto. Alargó la mano derecha para empujar la tapa hacia abajo justo cuando la lagartija intentaba abandonar su encierro. Lo consiguió pero dejó parte de su cola atrás. Los gritos de las niñas se contrarrestaban con las risas de los niños. El desconcierto del maestro acabó al ver a Ramón atraparla de nuevo.

-Ya está – dijo exhibiéndola como un trofeo.

-Sácala de aquí y déjala donde mismo la cogiste. Quiero verlo.

El maestro vio que se cumplía su orden y a continuación dedicó unos minutos a tranquilizar a las chicas.

-Volverá a crecerle, no debéis preocuparos; a veces ellas mismas dejan la cola atrás para huir de los depredadores.  Además tened en cuenta que es inofensiva y que se alimenta de insectos como las moscas. Deberíamos ser agradecidos y no molestarlas.

Se dirigió a Ramón:

-¿Qué daño te había hecho?

Se encogió de hombros y bajó la mirada.

-Coge la cola y entiérrala.

-¿Que la entierre? – dijo incrédulo.

-Eso es – respondió el maestro – y al final de la clase te quedas porque iremos juntos a tu casa.

Como Ramón, sus padres no entendieron al maestro pero lo castigaron y le pidieron, sin convencimiento, que dejara a las lagartijas en paz.

El maestro marchó de allí con la sensación de no haber conseguido nada de lo que pretendía pero no estaba dispuesto a rendirse.

Ramón seguía haciendo de las suyas: a los saltamontes les cortaba la patas posteriores, a las moscas y a las mariquitas las alas, dividía por la mitad a las hormigas, tiraba piedras a los pajarillos y a los gatos les enganchaba latas; presumía de no tocar a las lagartijas obedeciendo así a sus padres y de respetar a las salamanquesas por si acaso fuera verdad aquello de que podías quedarte calvo o ciego si te escupían. Los demás lo seguían y participaban si no querían quedar fuera de la pandilla.

Un día, en el recreo, Ramón se hizo con un dócil escarabajo y repitió la misma hazaña que con la lagartija. Esta vez «la tonta de Marta» no gritó, fue a la mesa del maestro y lo puso al tanto. Desde su mesa el maestro se dirigió a la clase:

-Hoy hablaremos de los escarabajos y de los beneficios para la agricultura y la cría de animales. Lástima que Ramón no tenga un ejemplar en su fiambrera. ¿O sí?

Ramón negó con la cabeza y miró hacia Marta justo cuando ésta subía la tapa. Superando el miedo lo puso en su mano, lo llevó consigo hasta la pizarra y lo mostró colocándolo en la palma.

-Mi padre me habló de él, dice que todos los agricultores saben que el escarabajo es un aliado que hay que respetar.

Marta lo depositó en la mano de una compañera y así fue pasando por las manos de todas ante el estupor de los chicos que no daban crédito. El último en recibirlo fue Ramón que quedó interrogante.

-Ya sabes lo que hay que hacer – le dijo el maestro señalando la puerta.

Salió al patio  y miró atrás, sus compañeros lo miraban a través de las ventanas. Iba a tirarlo allí mismo pero pensó que cualquiera podría pisarlo, lo metió en el bolsillo del babi y cruzó el camino para bajar a la vega. Ahora nadie lo veía, podía hacer con él lo que quisiera sin miedo a ser sancionado. Sin embargo lo soltó en la tierra recién labrada junto al tronco de un naranjo. Regresó pensando que había hecho bien pero que nunca lo diría.

Y nunca lo dijo. A pesar de todo fue cambiando de costumbres y convicciones. Para el maestro dejó de ser un gamberro convirtiéndose en su alumno de confianza, al que pedía ayuda con los más pequeños y dejaba al cargo de la clase cuando tenía que ausentarse.

Para sus padres era un desconocido, para sus compañeros un azote a la hora de defender a las «criaturicas del Señor» y para las chicas un novio en potencia. Él mismo se consideraba un memo entontecido que se había dejado embobalicar. Todos pensaban que había madurado, tanto que las mujeres pasaron a llamarlo «el viejecico». Él se puso en guardia pues sabía que los motes se regían por simples anécdotas pero no fue éste el que le cayó, sus compañeros eligieron el de «bicho» y Ramón aceptó el regalo de buen grado.

-Tiene un buen fondo – decía de él su maestro.

 

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