Cuento 1. El pícaro.

Había una vez un niño del que decían que era muy listo, que sabía más que las ratas «colorás».

Era tan listo porque sabía hacer a los demás culpables para quedar él incólume, o sea libre de culpa e incluso de la menor sospecha.

-No sabe «na» el tío – decían de él los mayores con cierta admiración. Valoraban la picardía que no su inteligencia ni su sabiduría, ambas por demostrar o adquirir.

Un día él y sus amigos jugaban al fútbol en plena calle como se jugaba en los pueblos donde todavía no había llegado la civilización para hacer un pequeño campo libre de piedras, con sus porterías y todo. Mientras tanto los límites de la portería quedaban marcados con dos piedras y gracias.

Y como solía ocurrir el balón salió despedido con pésima puntería para ir a romper un cristal de un balcón de una casa de un vecino. Y la vecina salió, escoba en ristre, buscando al autor del desaguisado.

¿Qué mejor reacción que la de salir corriendo? Esa fue la de todos menos la del sabio de esta historia. Él permaneció muy quieto frente a la furiosa propietaria de aquella escoba que buscaba una cabeza para sacudirle el polvo. Se echó las manos a la cabeza interpretando el papel que había utilizado en escenas parecidas.

-¿Quién ha sido? – preguntó a gritos la mujer hecha furia.

-Ha sido el Curro – acusó sin dudarlo un segundo.

-¿Qué Curro?

-El de Sofía.

-¿El pelirrojo?

-El mismo.

-No, si con esos pelos no podía ser otro. Ya hablaré yo con su madre a ver quien me paga el cristal. Y tú a ver si le pegas algo a esa «maná» de locos. Anda, largo de aquí.

Se largó en busca de los otros tramando un plan por el camino. Cuando lo tuvo se reía por dentro.

-No sé de donde se lo ha sacado pero le ha entrado fijación contigo, Curro. Decía que tenías que ser tú por tener los pelos rojos.

Curro lo miraba atónito.

-Pero si yo era el árbitro – dijo incrédulo.

-Pues ve tú a explicárselo. Menudo genio tiene.

Curro se quedó tres tardes sin salir de casa y a sus padres les costó tres pesetas el cristal nuevo que esa misma tarde puso el carpintero. De nada le sirvió al árbitro pipiolo explicar que en el partido él no dio una patada al balón. La señora de la escoba dio por cierta la explicación del niño con cara de ángel parado ante ella y sus padres creyeron a pies juntillas a la señora que había llegado a su casa aún con la escoba en ristre.

Otro día la panda de amigos jugaban a pelota contra la pared sur de la iglesia. La gran puerta de aquella pared jamás se abría salvo en caso de las procesiones cuando por allí sacaban al patrón sobre un trono grande y pesado. Pero a veces las coincidencias se dan para liar la marimorena. Quiso la casualidad que en esos momentos el cura oficiara la misa, que el cura no tolerara ningún ruido durante ella, mucho menos los golpes resonantes y repetidos al fondo, que el cura acudiera en demanda de la necesaria paciencia sin encontrarla, que el cura interrumpiera la misa y se dirigiera a la puerta, que abriera el ventanuco para llamar la atención a los avezados jugadores y que en el momento de asomar la cabeza por el ventano la pelota fuese a parar a su frente.

Esta vez no era un cristal, se trataba del cura. Curiosamente a nadie se le ocurrió correr, quedaron petrificados, pegados al suelo mirando al hueco por donde había aparecido la cabeza y desaparecido la pelota.

Mientras terminaba de decir la misa, al cura le iba saliendo un porcino que terminó siendo del tamaño de una canica de las gordas. Antes se había llevado a la pandilla al interior de la iglesia donde ahora ocupaban tres bancos sin atreverse a soltar un resuello. Durante el sermón el cura se refirió varias veces a esos que no respetan. Al final las feligresas que salían los miraban con desaprobación e incluso hubo una que les hizo una señal inequívoca moviendo la mano como para darles una bofetada.

De allí pasaron a la sacristía donde el cura se despojaba de la casulla y el roquete.

-¿Tiene usted una perragorda? – preguntó nuestro héroe, siempre el primero en romper el hielo.

-¿Para qué? – inquirió el cura muy calmado y curioso.

-Pues, para… – respondió señalando el chichón.

-Déjalo estar, hoy no he podido pasar el cepillo. Bueno, ¿qué tenéis que decirme?

Nadie abrió la boca, dirigían la vista al suelo temerosos de  mirarse y provocar una risa general.

-Creo que he sido yo – dijo Curro levantando la mano como si estuvieran en clase.

-¿Por ser pelirrojo?

La pregunta del cura no cayó en saco roto y el héroe de esta historia se dio por aludido y, aunque sólo fuera por esta vez,

decidió no hacerse el listo.

-No sabíamos que había misa – acertó a decir.

-Eso os hace culpables a todos. Y siempre es mejor compartir la culpa que buscar un culpable.

Al salir, el cura exhibió la pelota ante los expectantes padres.

-He aquí la culpable de todo; menos mal que tengo la cabeza dura.

Unos días después los padres de Curro encontraron en el buzón un sobre con tres pesetas y un escueto mensaje: «no puedo devolver tres tardes sin jugar con los amigos»

A partir de aquel día nuestro héroe aplicó la picardía para sacar a los amigos de un apuro y prescindió de ella para asumir una responsabilidad.

 

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