El sexo a los sexenta

Mi generación no fue afortunada en cuanto a la educación sexual. Los padres pasaban de puntillas por estos temas o, sencillamente, no pasaban, esperaban que sus hijos buscaran la información por sí mismos a base de estrellarse contra la mala información o la falta de información. En las escuelas, los colegios o los institutos se la cogían con papel de fumar, incluso a la hora de dar los temas de anatomía.

Por si fuera poco, la religión venía a reforzar el concepto ñoño sobre el sexo, algo prohibido y prohibitivo, de lo que había que hablar en voz baja y practicar sólo tras pasar por el altar y recibir la bendición de la Iglesia.

Medio en broma, medio en serio, se hacía llegar a los adolescentes mensajes tan peregrinos como «si te tocas no creces» o «si pierdes tu virginidad nadie  se casará contigo». Se utilizaba la pedagogía del miedo para hacer del sexo un tema tabú que requería de una paciencia extraordinaria acompañada de duchas frías.

Con este bagaje no era de extrañar que se llegase al matrimonio con una inexperiencia total y con una ventaja: todo estaba por descubrir. Ahora faltaba desinhibirse de todos los fantasmas, de todos los tabúes y de todos los miedos, desechar los prejuicios y disponerse a probar, experimentar y aprender.

Y se ponía uno manos a la obra con la intención de recuperar el tiempo perdido pero el tiempo no sólo se había perdido sino que se había gastado. Sin embargo, los buenos obreros trabajaban  al uso de la época, sin prisas y sin pausas, para ponerse al día y graduarse, licenciarse y doctorarse. En la universidad de la vida, la única válida y segura, donde no había engaños ni eufemismos, donde se llamaba al pan pan y al vino vino.

He tardado mucho en llegar al título pero éste requería el prólogo.
¿Qué pasa a los sesenta? ¿o se dice sexenta? Para que vean, la edad ya lo dice todo. Preguntas que pueden surgir: ¿se tienen las mismas ganas?, ¿se hace con la misma frecuencia?, ¿se necesita de ayudas como las que se ofrecen por aquí y por allí?, ¿se sigue experimentando, invitando, pidiendo?. En definitiva, ¿tiene el sexo el mismo atractivo a los sesenta que en otras décadas?

Lo que se tiene es imaginación por un tubo, muchas ganas pero menos brío. En cuanto a la frecuencia me remito a los múltiples chistes, ese en el que costaba echar uno en tres intentos, o ese en el que se celebraba el día del año en que tocaba ponerse a prueba; la verdad es que entre uno y otro se dilata el tiempo para llegar con fuerzas renovadas y transmitiendo ganas y urgencias.

Todas las ayudas son buenas y aprovechables, ya sean imágenes o artilugios. En lo que se es más renuente es con los productos químicos, las pastillitas azules de las que se ha dicho de todo. Insisto, si hay que acudir a las ayudas, las que sean, se acude; todo sea por mantener ese deseo que te mantiene vivo y, una vez satisfecho, relajado y conversando a falta de poder echar un cigarrito, que eso sí te lo has probibido tú mismo.

A esta edad se ha llegado al mundo de la información y la comunicación y aún podemos sorprendernos y que algo nos resulte novedoso. Y ésta es otra de las ventajas de la edad, se acabaron los tabúes, los engaños, las inhibiciones; la complicidad en la pareja es total, sabe qué quiere y no se duda en proponer sin imponer.

Respondiendo a la última pregunta, el sexo sigue teniendo vigente todo su atractivo. Es verdad que se necesita de ayuda e imaginación para levantar el ánimo pero no lo es menos que el que busca halla y aquí se encuentra de todo. Manos a la obra.

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