La mili

mili     El ejército profesional español lo fue desde 1996. Hasta entonces, en los años 70, el servicio militar obligatorio, popularmente «mili», llevaba a los jóvenes de 21 años a prestar ese servicio durante 15 largos meses. Algunos lo consideraron una pérdida de tiempo, otros una experiencia que les permitía salir del ostracismo de su pueblo y unos pocos lo utilizaron para especializarse y elegir los cuarteles como su lugar de trabajo: el ejército creó en su momento cuerpos especiales como los paracaidistas, los boinas verdes o la legión que se nutrieron de reclutas que, tras conocer qué les exigían, se reenganchaban.

En la caja de reclutas se concentraban para la entrega del petate, profundo y estrecho como un pozo, para depositar la ropa de paisano. Desde allí eran conducidos, ante miradas de pena, hasta la estación de ferrocarril para ser llevados, en viaje gratuito, al CIR (Centro de Instrucción de Reclutas) correspondiente.

En estos años había que hacer la mili en una región militar diferente a la propia, es decir lejos de casa. Recién llegados repartían la ropa: traje de faena, traje de bonito, gorra de faena,  gorro cuartelero, gorra de paseo, ropa interior y lo más importante, las botas. Salvo éstas, el resto de la ropa casi nunca era de la talla apropiada, una bromita. Así que se establecía un mercadillo de intercambio y, con un poco de suerte o un cinturón, conseguían que los pantalones no se les fueran a los pies. La última prenda era un abrigo  de paseo muy deteriorado con el que llegabas a comprender la recomendación final: «cuidad de la ropa, la tendréis que devolver al licenciaros». ¡Lo decían en serio!.

En el CIR instruían al recluta con clases aburridísimas que empezaban por memorizar que «España es una unidad de destino en lo universal». ¡Imborrable!. Pero donde se empleaba casi todo el tiempo era en la instrucción, desfilar todos al unísono: izquierdo, derecho…uno, dos…, obedecer todos al unísono: izquierda ar, derecha ar…, pasar la pista americana… Dejaban ratitos para leer el correo y responderlo, algún descansito para fumar un cigarrillo, comer a prisa y dormir si no te tocaba imaginaria, andando arriba y abajo de la compañía con las hebillas desabrochadas para que las ratas no tropezasen; desratizar no se llevaba por entonces. Y cuando dabas la sensación de coordinar las piernas y los brazos te dejaban viajar los domingos desde El Ferral hasta León. Telefónica era invadida con llamadas a cobro revertido, como lo eran las mejilloneras u otros bares y la catedral. Por las calles se nos veía poco, hizo mucho frío en el último trimestre de 1976.

Todos los días eran iguales. Todo programado y vigilado. No se podía ni tomar un café que, por cierto, no formaba parte de ningún menú. Sería por nuestro bien. ¡Deprimente!

Tres meses después, con uno hubiera sobrado, estábamos preparados para la jura de bandera, gran parada militar presidida por el coronel y ante los familiares de los reclutas, muy pocos por la lejanía.

Al día siguiente, ascendidos a soldados con sueldo, (simbólico), consultaban la lista con los nuevos destinos. Radio Macuto informaba de los cuarteles que, supuestamente,  eran mejores y de los, indudablemente, peores. ¡Había cuarteles arrestados!. Supimos que en el ejército se podía arrestar cualquier cosa, como un vehículo que se había quedado sin frenos o un caballo que había derribado o mordido al jinete.

Llegar al cuartel arrestado, vaya usted a saber por qué, la misma nochebuena en medio de gritos de «¡chivo, chivo!», en el argot novato, seguía siendo deprimente, al igual que recibir un cubo de agua mientras dormías. Gracia no tenía pero reirse se reían. Y que se prolongara durante semanas… Pero no se podía protestar ante nadie pues nadie te daba crédito. Era lo normal y los maltratados ahora serían los maltratadores del siguiente reemplazo. ¡Mala memoria!.

De nuevo rutina: clases teóricas para comer el coco y prácticas donde conocías las armas que usarías en el campo de tiro. Montabas y desmontabas fusiles, subfusiles, pistolas y algunos grupos se dedicaban a la ametralladora, al lanzagranadas y al mortero.

El primer toque era diana. Desayuno y, equipado y bien cargado con el cetme nos dirigíamos al campo de tiro. Con mucha prisa, nos hacían subir corriendo al Naranco, llegar exhaustos y sudorosos en pleno invierno. En fin, tras recuperar los latidos normales, con mucha prevención, se disparaba a dianas fijas tiro a tiro o en ráfagas. Con mayor cuidado aún se lanzaban granadas de mano… Y así pasabas la mañana. Volvíamos andando, quizás porque ahora era cuesta abajo; lógico. Se dejaba el arma y, con ropa de deporte, de gimnasia entonces, se corría al ritmo del capitán y el teniente que tenían prisa. A la ducha; como el capitán apuraba el tiempo, llegábamos los últimos y el agua caliente se había agotado. Bueno, con agua fría íbamos a prisa. Como tiene que ser.

Casi que preferías los días que tenías servicio de guardia, 24 horas metido en un dormitorio apestoso lleno de literas del que salías cuando era tu turno de ocupar un puesto de guardia con garita en la que estaba prohibido entrar. Me encantaba la guardia cuando llovía, te daban unos chubasqueros que te cubrían de la cabeza a los pies, pesados pero aislantes; la lluvia caía sobre ellos sonando para hacerte creer que estabas bajo techo y con vista privilegiada. Me encanta la lluvia y en aquel lugar era persistente. Por eso me gustaba la guardia cuando todo el mundo la odiaba. Por eso y porque era el día en que nadie te llevaba de aquí para allá, era posible leer en tu rato libre, te llevaban la comida al cuerpo de guardia o ibas al comedor cuando no había nadie. Cuando salías bajo la lluvia lo hacías con mala cara para que nadie sospechara y te tomaran por loco.

Pero si no tenías guardia podías salir a Oviedo por la tarde previo pasar revista para ir presentable; al menos las botas debían brillar. Lo primero cenar patatas fritas, huevos fritos y filetes, después un café o una copa si andabas bien de dinero. De vuelta a la hora de retreta.

Aquí si podías hacer otras cosas: deporte, lectura en una biblioteca lujosa con una buena colección, podías pertenecer a la banda de música, dar clases a los analfabetos o ejercer de jardinero, mecánico, fontanero o administrativo. Éstos quedaban rebajados de guardia pero no de otros servicios por la noche como el retén, un refuerzo de la guardia.

Cada cierto tiempo llegaban las maniobras. Te llevaban a algún paraje de cuyo nombre no te informaban y, como éramos de infantería, nos hacían andar, andar por el día y andar por la noche. No sabíamos el porqué, sólo que estabas de maniobras. ¡Pues qué bien!.

Algunas noches tocaban generala. Como siempre, deprisa, debías salir al patio vestido y equipado con tu arma y munición. Unas horas después podías volver a la compañía. ¡Qué bien!

Y así un año entero. Sabías que había pasado porque habías ido tachando los días de un calendario colgado en tu taquilla. Entregabas la ropa al cabo furriel y te daban «la blanca», es decir la cartilla militar y un salvoconducto para poder volver a casa utilizando el tren. El valor, en la cartilla, se me suponía. Yo quise pensar que mi servicio había valido para algo.

Podría contar un montón de anécdotas o batallitas, pero soy consciente de que carecen de interés y quedaron trasnochadas. Las dejaré para la nieta o el nieto. ¡Pobres!.

 

 

 

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