Mili una historia. Capítulo 56. Sin que sirva de precedente

Solía pasar que, una vez tomada una decisión, no había vuelta atrás, ni aún en el caso de descubrirse que no estaba bien tomada. Era algo así como las decisiones que toma un árbitro en una competición deportiva, con la diferencia evidente pues las consecuencias no eran las mismas.

No se supo bien por qué mas, de pronto, empezó a hablarse de Alejo y de una posible relación con la mujer del capitán. Me constaba que ella trataba bien a Alejo y él se aplicaba en hacer bien su trabajo. No había más, Alejo estaba recién casado y su mujer iba a dar a luz de un momento a otro, su pensamiento y su mayor ilusión estaba puesto en ellos.

Sin embargo, los rumores no cesaban y se esperaba una reacción del capitán. Lo más probable era que el capitán no dudase en absoluto de su mujer pero no podía acallar los rumores y sabía que si lo intentaba no haría más que empeorar la situación.

Fue la mujer del capitán, de acuerdo con él, la que dio el paso y durante el desayuno abordó el tema con Alejo.

-Mira, muchacho… – empezó con muchas dudas, no habiendo preparado las palabras. Tampoco hizo falta porque Alejo ya estaba preparado.

-No hace falta que se esfuerce, ya sé lo que va a decirme y estoy de acuerdo. Aunque es posible que con esto demos la razón a los canallas que han puesto este bulo en circulación.

-Es posible pero no podemos permanecer de brazos cruzados y lo único que se me ocurre es esto.

-De acuerdo entonces. A partir de mañana dejaré de venir.

-No, a partir de ahora mismo. Lo siento.

Alejo se levantó de la silla, la miró mientras hacia el saludo militar; sabía que no le gustaba pero no quería molestarla sino mostrarle el respeto que siempre le había tenido. Fue a despedirse del perro y a lavarse las manos, guardó las herramientas, se cambió de ropa y salió sin mirar atrás. Cogió el próximo autobús. Allí tuvo tiempo para pensar. Hasta este momento había estado quieto y había sido paciente pero ahora no le importaban las consecuencias que podía acarrear lo que creía que era su obligación para restaurar en lo posible el daño que, injustamente, se había hecho al capitán, a su mujer y a él mismo.

Al entrar al cuartel, se dirigió a la compañía de destinos y buscó al furriel; el de puertas le indicó la cantina que estaba en la misma planta. Lo encontró sentado a una mesa, frente a la puerta, se le quedó mirando. El furriel se levantó negando con el dedo índice.

-Puedes estar seguro de que no tengo nada que ver.

-Querías mi puesto para tu amiguito. Ahora hablaré con él también. Necesitáis lavaros la lengua.

Mientras hablaba se acercaba con decisión hasta él que no paraba de mover el dedo y de repetir «nada que ver, nada que ver».

Lanzó los puños en un «uno dos» perfecto que fue a impactar en el rostro. Le cerró un ojo y le partió el labio dejándolo sentado en el suelo.

Esperó pacientemente en la segunda compañía a que llegase el amigo del furriel. Cuando entró lo siguió hasta la taquilla, lo cogió del hombro y le hizo volverse.

-Te voy a dar otro tema para cotillear. Ahora vas a decir la verdad.

Lo golpeó en el estómago y, al agacharse, en el rostro, haciéndole chocar contra la taquilla. Apartó a los curiosos que habían formado un corro y se dirigió a su compañía donde el capitán esperaba con el furriel. Salió de allí rumbo al calabozo y, aunque vio al capitán indeciso, no le preguntó nada.

Pasaron dos días, durante los cuales el capitán de la tercera, aprovechando que los rumores habían cambiado, averiguó que los promotores de los primeros habían sido los golpeados y, de paso, pudo demostrar que buena parte del material que recibía el furriel iba a parar a las tiendas. Él mismo fue al calabozo con ellos, los dejó allí y sacó a Alejo al que condujo a su despacho. En presencia del teniente y del sargento habló más de lo que acostumbraba y pronunció casi un discurso.

-Lo que usted hizo golpeando a esos soldados es grave. Si bien con ello hizo justicia no corresponde a usted impartirla. En cambio, el resultado ha sido terminar con la patraña que ambos habían difundido. Eso no puedo ignorarlo y, por ello, sin que sirva de precedente, queda exonerado de la pena que se le impuso. Ahora bien, no podrá volver a su puesto de jardinero.

Esperó unos segundos, sin duda para ver su reacción, y antes de que pudiera decir palabra, siguió hablando.

-Mas, como el puesto de furriel de la compañía a la que pertenece ha quedado vacante, le nombro cabo y, de acuerdo con el capitán de su compañía, ocupará el puesto vacante. Espero que haga su trabajo con la misma lealtad y eficacia que el de jardinero. – Se volvió al sargento y tronó:

-Sargento, ocúpese de que mis órdenes sean cumplidas. Teniente, redacte un escrito dirigido al coronel de lo que aquí se ha hablado, precedido de las investigaciones llevadas a cabo y, como encabezamiento, «sin que sirva de precedente».

La reacción de Alejo fue contraria a la que cabía esperarse de él. Dos lágrimas anegaban sus ojos.

-Agradezca usted que mi mujer le tiene en gran estima. Retírense.

Nunca Radio Macuto, la radio del soldado, habló tanto y tan bien de un oficial. Sin que sirva de precedente.

 

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