Mili una historia. Capítulo 59. No era para tanto.

Llegaba el tiempo de echar la vista atrás aunque corriendo el riesgo de ser benevolentes por haber pasado lo peor.

Estábamos a un mes del final de nuestro servicio militar. Hacer la mili era, a priori, un fastidio que te apartaba de tu vida haciéndote tomar un receso en tus planes de futuro, para ir a servir a una patria que, si bien te la hicieron sentir «una, grande y libre», enseñanza discutible y discutida sobre todo en lo de libre, ahora parecía excesivo dedicarle quince meses de tu vida por obligación, para formar parte de un ejército desconocido y distante.

A estas alturas, catorce meses después, a punto de cumplirse la pesadilla, la situación había cambiado, conocías los entresijos del ejército que te había acogido como a un inútil y como tal te había tratado, te había entrenado, te vigilaba estrechamente y estaba a punto de devolverte al mundo preparado por si tenían que volver a «llamarte a filas». En este aspecto nos considerábamos veteranos porque, en definitiva, la veteranía te la da el conocimiento así como la bisoñez es producto del desconocimiento y la incertidumbre..

Los propios militares encargados de tu entrenamiento, responsables de espabilar a esos reclutas idiotas, bobos de solemnidad, entontecidos recalcitrantes que proceden de otro mundo civilizado y, por tanto, débiles, no veían que llegase el momento de considerarlos fuertes, despiertos y avezados soldados. No sé qué significaría esto para el ejército; probablemente un soldado para ellos era quien había demostrado, aún con tropiezos, que sabía pasar por el aro con o sin fuego.

Mas si querían demostrar que su trabajo no había sido un fracaso, no le quedaba otra que reconocernos como soldados auténticos ni más ni menos que cuando estábamos a punto de licenciarnos. Si no, los títulos en absoluto nobiliarios que nos adjudicaban, pasarían a ser totalmente suyos.

Independientemente de lo que ellos pensaran de nosotros, nuestra opinión estaba formada con respecto a ellos, aunque no contase para nada. Casi todos coincidíamos en que el ejército, como institución, era infructuoso. Lo peor era que le importaba muy poco la opinión que la gente tuviese de él. Por lo que ahí estaba impertérrito, impasible, insensible, lejano, dormido y durmiendo.

Mas lo que realmente nos importaba era la realidad vivida, en el tiempo, los lugares y con las personas que nos habían tocado vivirla.

Se había puesto de moda reunirse en una sala destinada a los ensayos de la banda militar, casi siempre abierta, vacía salvo por los atriles metálicos acumulados al final y con el suelo de madera, para convocar a los espíritus alrededor de la güija. Aquello no era sino una excusa y siempre derivaba en una tertulia en la que se traían a la memoria anécdotas que te hacían reír y que terminaba en críticas despiadadas a las personas que habían tenido algo que ver en una convivencia tan difícil o que ellos la habían hecho difícil sin necesidad.

El atrevimiento era grande, no bajábamos la voz ni hablábamos en clave, decíamos nombres y nos creíamos a salvo de represalias y arrestos. No interesaban las instalaciones, las condiciones higiénicas, los sufrimientos físicos… Nuestro juicio se dirigía a las maneras, a la escasa o nula consideración que nos tenían, a la falta de respeto con la que nos trataban, a la falta absoluta de libertad aunque con ésta ya contábamos, a la vigilancia a ultranza a la que nos sometían, al miedo que nos hacían sentir, miedo a los castigos por cualquier error o descuido, miedo al trato denigrante, miedo al ridículo y la humillación que te hacían sufrir sin saber por qué. Perdón, no está bien visto tener miedo, así que vamos a dejarlo en prevención.

Se dirigía a lo absurdo del empleo del tiempo en tareas de hacer y deshacer una y otra vez, esperando la hora en la que otra actividad estaba programada. Se dirigía a los momentos en que los que mandaban perdían la autoridad o creían haberla perdido, tras lo cual empleaban toda su crueldad para recuperarla y asegurarse de que nadie dudase de quien mandaba.

-¿Alguien conoce al coronel? – pregunté en una ocasión.

Nadie de los allí presentes, excepto yo,  se había puesto delante de él ni lo había visto pasar ni había contemplado una foto suya. Sólo sabíamos que para dirigirnos a él había que utilizar el tratamiento de usía que a mí por poco se me olvida. La jerarquía siempre nos había llamado la atención: todos tenían a alguien por encima, alguien al que someterse; nosotros los teníamos a todos y cuanto más alto estaba menos lata daba.

Sin embargo la tertulia solía terminar en positivo, con recuerdos emotivos, agradables o que merecían la pena hablar de ellos por ser extraño que se hubiesen producido allí, en ese mundo. También aquí se hablaba de personas, que las hubo buenas e hicieron gestos llenos de humanidad, aunque no se repitieran muy a menudo.

-¿Veis? – repetía Alejo – Ya os dije que no era para tanto.

Lo decía quien había pasado por cartero, jardinero u hortelano y cabo furriel, que podría haber acabado como paraca, boina verde, legionario o soldado de montaña, quien sabía acercarse a las personas buscando su amistad o abría los brazos a los que se acercaban a él.

La primera vez lo dijo en una caja de reclutas, en medio de una incertidumbre absoluta, queriendo suavizar la tensión ante tanta pena de muerte y lo hizo en futuro: «no será para tanto».

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